La unión con Cristo y la adoración de la iglesia

«No cabe duda de que el objeto de todo el gobierno espiritual de la Iglesia es conducirnos a Cristo, ya que sólo por Él llegamos a Dios, quien es el fin último de una vida feliz».[1]

Una marca distintiva de las Iglesias Gracia Soberana, uno de nuestros siete valores compartidos, es nuestra centralidad en el evangelio. Una de las convicciones subyacentes de esta marca es la comprensión de que no podemos agotar las riquezas del evangelio. La buena noticia del reino de Dios no puede vaciarse como un galón de leche. No se agota como un par de pantalones. La buena noticia del evangelio es una fuente que siempre fluye y no se puede secar. Es un hermoso diamante con el que nunca nos familiarizaremos. De la perfecta plenitud del Dios trino fluye la gloriosa gracia y bondad del evangelio. 

Somos y deseamos seguir siendo personas evangélicas. Uno de los lugares donde esta prioridad se ve claramente es en nuestra adoración corporativa. Estamos comprometidos a predicar el evangelio, cantar el evangelio, orar el evangelio, y edificar nuestra iglesia sobre el evangelio. Entra en cualquier iglesia de Gracia Soberana en todo el mundo este próximo domingo y observarás a un pueblo apasionado por la proclamación de la vida perfecta, la muerte sustitutiva, la resurrección victoriosa y la ascensión gloriosa de Jesucristo. 

Como personas evangélicas, nos encantan los recordatorios de lo que el evangelio ha logrado en nuestras vidas. Hemos recibido el perdón, la justificación ante Dios, la reconciliación con Él, la adopción en su familia y muchas otras bendiciones. Pero puede ser fácil pasar por alto una implicación primordial de estas buenas noticias: estamos unidos a Cristo. El evangelio no sólo nos salva, sino que también nos une a Cristo, dándonos una nueva identidad en Él. Esta doctrina de la unión con Cristo debería tener implicaciones significativas en la forma en que adoramos como iglesia. 

De hecho, esta unión es la fuente misma de nuestra salvación, sin la cual nosotros, como pueblo de Dios, no podemos ser lo que Dios ha hecho que seamos. Nuestra identidad como iglesia y nuestra base para relacionarnos y adorar al Dios trino está arraigada únicamente en Jesucristo. Por lo tanto, la iglesia debe estar atada a Cristo en cada punto de su adoración corporativa, en el que, habilitada por el Espíritu Santo y gobernada por la Palabra de Dios, la iglesia se reúne para recibir con gratitud la revelación del Dios trino haciendo tres cosas: recibir de Cristo, actuar en Él, y anhelar que vuelva. 

Recibiendo de Cristo

La primera implicación de la unión con Cristo en nuestra adoración corporativa es que nos reunimos para recibir de Él. La iglesia esta construida sobre Cristo, no ofreciendo algo nuevo a Dios, sino recibiendo de Dios lo que ya nos pertenece en Cristo: su bondad, gracia, misericordia y suficiencia. Esto tiene lugar a través de la obra del Espíritu Santo, principalmente a través de la proclamación de la Palabra de Dios. 

La iglesia debe estar atada a Cristo en cada punto de su adoración corporativa.  

Cuando oímos la lectura o la predicación de la Escritura, Jesucristo se está declarando a su pueblo. Nuestro Dios es un Dios que nos habla a través de su Palabra, así que cuando nos reunimos esa Palabra debe ser la voz más fuerte y clara. Nuestra adoración corporativa debe estar impregnada de la Biblia. 

Por lo tanto, nuestra principal disposición al reunirnos para la adoración no es hablar y actuar, sino escuchar. Esto significa que cada vez que se lee la Escritura, ya sea para llamarnos a la adoración, para preparar la predicación o para despedirnos, no se trata de una mera transición conveniente a algún otro evento. Es el acto principal de nuestra adoración, en el que Dios se revela a su pueblo a través de la Palabra. 

Actuando en Cristo

Una segunda implicación de la unión con Cristo para la adoración corporativa es que nuestra actividad, el canto, oración, compañerismo, predicación, no se hace sólo para Cristo, sino que tiene lugar en Cristo. Puede ser demasiado fácil pensar que después de recibir de Cristo, ahora nos toca a nosotros responder. Pero el evangelio significa que Jesús no es sólo el objeto de nuestra adoración, a quien ofrecemos nuestra alabanza, sino el sujeto de nuestra adoración, en quien ofrecemos nuestra alabanza. Cuando nos reunimos para adorar, actuamos juntos en Cristo por el Espíritu. 

En la práctica, esto significa que somos libres para simplemente dar testimonio de lo que Dios ya ha dicho. Nos reunimos para dar testimonio de las «buenas nuevas de justicia» y de «tu fidelidad y tu salvación» (Sal. 40:9-10 NBLA). Esto se aplica no sólo a los que predican, sino a todos nosotros. Actuamos en Cristo cuando hablamos de su Palabra cantando unos a otros, orando juntos y teniendo compañerismo con los demás. Nuestras palabras deben ser moldeadas y fluir de la Palabra de Dios revelada en las páginas de la Biblia. 

También actuamos en Cristo reconociendo nuestra constante dependencia de Él. Nuestra adoración no se hace más santa o más especial a través de cualquier cosa que hagamos, sino que se acepta en lo que Cristo ha hecho, fortalecido por el Espíritu. 

Anhelando a Cristo

Una tercera implicación de la unión con Cristo en nuestra adoración corporativa es que nos señala hacia el futuro. Las personas centradas en el evangelio saben algo sobre el futuro: Jesucristo vendrá de nuevo. Aunque Cristo está presente por el Espíritu, su ascensión nos dice que está físicamente ausente de nosotros. Por eso anhelamos que vuelva. 

Pedro describe a la iglesia como «extranjeros y peregrinos» (1 Ped. 2:11). Por lo que somos en Cristo, este mundo no es nuestro hogar. Nos reunimos y recordamos a qué reino pertenecemos. Recordamos el lugar para el que hemos sido creados. 

En la práctica, anhelar a Cristo en la adoración corporativa significa que leemos y predicamos de forma consistente la Escritura que dirige nuestra atención hacia Cristo y hacia su regreso. La vida en este mundo no es todo lo que un día será. Pero en la Palabra de Dios, obtenemos una muestra de «los poderes del siglo venidero» (Heb. 6:5). Recibimos el consuelo de que la Palabra que ahora es una lámpara para nuestros pies pronto será la luz por la que caminen las naciones (Sal. 119:105; Apoc. 21:24). Nos orientamos hacia la esperanza de la vida en Cristo, cuando Él vuelva, y también «seréis manifestados con él en gloria» (Col. 3:4). Y hasta ese día, hacemos esta nuestra oración: «Amén; sí, ven, Señor Jesús» (Apoc. 22:20). 

Atesorando a Cristo

El himno de Robert Robinson nos recuerda que somos «propensos a vagar» y «propensos a dejar al Dios [que] amamos». Una expresión sutil pero común de este vagar es nuestra tendencia a olvidar quiénes somos en Cristo. Adoptamos fácilmente las identidades y los valores que el mundo nos presenta a través de las noticias y la publicidad, los libros y las películas, Instagram y Netflix, y muchas otras voces e historias. 

Pero para el pueblo de Dios, sólo una identidad define quiénes somos. Una historia supera a todas las demás. Y esa historia se encuentra en Jesucristo. Él es nuestra vida. Hemos muerto, y nuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col. 3:3). 

Estar centrado en el evangelio no es sólo declarar las glorias del Calvario; es vivir en el bien de ellas, experimentando la plenitud de la vida que ahora tenemos en Cristo, y esto transforma todo lo que hacemos. Al recibir de Cristo, actuar en Cristo, y anhelar el regreso de Cristo, Dios nos ha dado un tremendo regalo en la adoración corporativa mientras crecemos juntos para atesorar a Cristo. Como pueblo que se deleita en el evangelio de Jesucristo, que podamos experimentar cada vez más el gozo que proviene de estar unidos a Él. Todo lo que tenemos, todo lo que necesitamos, todo lo que queremos se encuentra en Jesucristo. 

DEVON KAUFLIN 

Devon Kauflin sirve como anciano en la Iglesia Grace de Clarksburg (Clarksburg, MD) y es parte del personal de Gracia Soberana. 


[1] JUAN CALVIO, “Mutual consent in regard to the sacraments between the ministers of the church of zurich and john calvin, minister of the church of geneva” «consentimiento mutuo con respecto a los sacramentos entre los ministros de la iglesia de zurich y juan calvino, ministro de la iglesia de ginebra», en tracts and letters of john calvin [tratados y cartas de juan calvino], trad. Henry beveridge, (1849; repr., carlisle, pa: banner of truth, 2009), 2:212.

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